𝙁𝙖𝙧𝙤
Visión panóptica de mí misma en todas mis aristas, como el faro que ilumina alrededor pero no es capaz de proporcionarse luz a sí mismo.
A tal altura no quedan detalles ocultos y todo cuanto está, se muestra tal como es cuando el reflector ilumina una milésima de segundo. He detenido la mirada en Hamlet, quien impartía justicia en aquel instante preciso y la semilla del cambio plantada hace años acaba de revelarse florecida.
En otro tiempo, como él, habría tomado la venganza por mi propia cuenta. Habría desgajado el árbol hasta verlo desprovisto de ramas, aserrado el tronco para que su altura no rebasara los dos pies, desenterrado y hecho arder sus raíces y luego, me habría marchado con las manos vacías dejando la leña detrás.
En otro tiempo me habría sentado a la sombra de otro árbol, llena de orgullo expulgando las ampollas en los dedos y sacudiendo la tierra del camino. Habría contado mi hazaña del último día a quienes quisieran escuchar, bajo el llamativo titular de que si se es de papel no se debería jugar con tijeras. Más que como una lección para los que se detienen a escuchar, para convencerme a mí misma de que podría acabar con un bosque entero, si quisiera.
Y tal premisa me lleva a otro punto más alejado, donde la luz aún no llega y por tanto la escena que se revela es aún indescifrable. ¿En qué momento todo alrededor se tornó en un bosque infranqueable? ¿Por qué afilo el hacha con más desesperación cada vez, a pesar de que planeo no empuñarla jamás?
Entonces, con la indignación que causa a menudo descubrir tanta ignorancia, me incliné hacia la liquidez del agua y hacia el fluir entre los obstáculos sin comprometerme, sin esfuerzo y por tanto sin encontrar resistencia alguna. Tanta ira se ha desvanecido y solo resta esperar a que el faro vuelva a girar y otra vez se me permita entender.
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