𝘼́𝙧𝙗𝙤𝙡
Despertar convertida en árbol jamás tuvo sentido. Los brazos extendidos al cielo como ramas que ansiaban el vigor que otorga la luz del sol. Invocando a una lluvia milagrosa que aplacara el desasosiego de ser semilla, el alivio a la angustia de no germinar jamás o de ser arbusto para siempre.
El tronco que mil manos desconocidas tallaron con nombres y fechas. Herida tras herida, en lo que las estaciones pasaban y aún no daba frutos. He adoptado la forma de las cosas por obligación, dando espacio a los de al lado para que también desplegaran sus ramas, porque me he convertido en árbol sin saber.
Un día de la nada la savia comenzó a escaparse y descubrí que algo se había tronchado en el interior, que una bala de cañón me había atravesado de lado a lado y aunque no era dolor físico aquello, el saber que mis raíces enflaquecían, hacía también languidecer las hojas.
En un impulso por sobreponerme a lo que representa estar vivo, elevé mis ramas un metro por encima de los demás y cual hambrientas bocas que mendigaban pedazo de pan, fui capaz de llenarme de luz para sellar otra herida más, de la que hoy sólo queda una anécdota apenas memorable.
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