𝙍𝙚𝙩𝙧𝙤𝙨𝙥𝙚𝙘𝙘𝙞𝙤́𝙣
Aventuras de una noche por decenas, amor incondicional, apenas experimentado.
Vanas conversaciones en cualquier café de esquina, un trago y a la cama.
Una carreta vacía que resuena por calles transitadas, pero que nadie se detiene a oír.
El llanto que nadie calma porque a nadie importa.
La soledad a los cincuenta en la mitad de un puente que amenaza con arrojarme al extremo de una tercera edad que no vi llegar.
Hacen eco mis palabras de cuando los treinta: he dormido menos de lo que necesitaba y que he comido más de lo que mi cuerpo podía asimilar.
Aún así, me rehuso a aceptar las limitantes.
Sigo vistiendo de colores brillantes para que los jóvenes no me tilden de anticuada, aunque un juicio distinto y peor sale de sus entrañas: ridícula.
Mi desfachatez es únicamente tolerada por los pocos que permanecen a mi lado: amigos de la juventud.
Otros que se aferraron a la misma ilusoria esperanza de ser joven para siempre y no construyeron nada.
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