𝘿𝙖𝙣𝙯𝙖 𝙙𝙚𝙡 𝙖𝙘𝙤𝙨𝙖𝙙𝙤𝙧
—No te observo —asegura, y su siguiente frase corrobora mis sospechas—. No deberías respirar agitada cuando recibes una llamada o comer deprisa cuando aparezco por casualidad.
—¿No me observa? —pregunto incrédula, y mi siguiente frase desnuda sus intenciones—. ¿Cómo es posible que no lo haga, si ha juzgado incluso el tono de mi voz al hablarle a otros?
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