𝙇𝙖 𝙪𝙩𝙞𝙡𝙞𝙙𝙖𝙙 𝙙𝙚 𝙡𝙖 𝙦𝙪𝙚𝙟𝙖

 


¿Realidad distorsiona debido a múltiples selecciones erradas o la verdadera naturaleza de los seres humanos solo sale a la luz a su debido tiempo?

 

—Delirio de persecución —me dijeron un día—. Es eso lo que te hace rechazar a cuantos llegan tocando a tu puerta. 

 

El resultado final ha sido el aislamiento, luego de simplificar y concluir en que todos quieren algo. Unos llenar sus vacíos con lo qué sea que encuentren afuera: afecto que disimule sus carencias, atención superpuesta a la soledad, en el mejor de los casos solo un punto de comparación para probarse a sí mismos que hay otros más jodidos aún. Un alivio momentáneo a sus fracasos, tomando como espejo a aquel a quien la vida ha puesto a prueba con mayor dureza. 

 

Ando en paz desde hace tiempo. Lejos de quejarme de los obstáculos he comenzado a agradecer cada uno de ellos, obedeciendo a la voluntad suprema sin ofrecer resistencia, porque nada trae más desdicha al hombre que la autocompasión, el no comprender por qué venimos a padecer y aventurarnos en la búsqueda inútil de causas probables. 

 

Abrazo la queja y me sirve en beneficio como una segunda piel, la que me oculta de la vista devoradora de los acechantes. Tejo toda clase de artimañas para pasar desapercibida, para que mi andar no despierte el hambre de los insaciables. Aunque, en ocasiones, a aquel inofensivo cordero que hemos alimentado por tanto tiempo se le rueda el disfraz y aparece ante nuestra vista un áspero pelaje negro, que en nada se asemeja a lo que creímos poder encontrar debajo de tanta lana. 

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