𝘾𝙤́𝙢𝙤 𝙨𝙖𝙗𝙚𝙧
En el sendero que venimos destinados a recorrer desde el nacimiento hasta la muerte, absorbemos conocimientos de forma incesante. De los libros, de la gente de la que nos rodeamos, hasta de las exhalaciones mismas del universo en días donde la ausencia de voces internas nos permite oír su respiración, a veces agitada, a veces calma. Los unos, con los que nuestra alma, pero no así nosotros mismos, se siente identificada, logran modificar nuestro andar por la vida. Surgen ligeros como una chispa que de la nada se convierte en hoguera. El fuego imparable de la mutación que nos vuelve curiosos hacia todo lo que antes parecía ajeno y por tanto irrelevante. Las mil preguntas en una noche que nos hacen replantear lo dicho y adoptar posturas distintas a las preconcebidas; derribar las afirmaciones de unos y acercarnos a las de otros. Contradicciones que a la larga traen el remedio a la fatiga de los locos, a la incertidumbre de no saber a qué se viene a la tierra.
El ser humano codicia lo que ve. Los nacidos en un fin del mundo cualquiera no ambicionan viajes a la luna. Sus antecesores, consciente o inconscientemente, asumieron la tarea de inculcarles que la vida es lo que les rodea. Solo unos pocos encontrarán el camarote de su nave demasiado estrecho para el viaje que representa la vida. Desandarán el mundo entero con la inconformidad sobre sus espaldas, porque sentirán a menudo que en este mundo no hay lugar para ellos. Solo hallarán el sosiego en la práctica de la bondad y el desinterés cuando deduzcan que lo material es superfluo y transitorio, pero necesario para la práctica del bien. Que no hay grandeza en castigar a la materia con privaciones, cosa que no engrandece al espíritu en modo alguno, sino encarando la profusión sin apegos.
Huir de las tentaciones no nos vuelve más perfectos, ni el aislamiento garantiza un corazón más puro. ¿Cómo saber cuánta fe tenemos depositada en Dios si jamás ha sido puesta a prueba? ¿Cómo conocer del egoísmo cuando jamás se ha vivido en la abundancia?
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