𝙃𝙪𝙢𝙤𝙧 𝙙𝙚 𝙫𝙞𝙚𝙧𝙣𝙚𝙨

 


Hoy desperté de un extraño buen humor, a pesar de la certeza de haber soñado con algo que no logro recordar. Quizás es algo de los viernes, la ilusión del descanso de los fines de semana, aunque nunca se pare de trabajar. Ya no escribo ocho horas seguidas como en los inicios, donde debía detenerme a fuerza para comer algo, tomar una ducha o estirar las piernas.

 

Se ha vuelto un hábito el expresar de forma más o menos artística lo que pienso y siento, sin la certeza de que alguna vez resulte interesante para alguien. Asusta tanto la idea de que nadie jamás vaya a leerlo, como el hecho de que sí. Trato de pensar que estas notas permanecerán en el anonimato con la intención de hacerlas más genuinas. Algún día viajaré al pasado y repasaré el inicio de esta nueva etapa en la que no todos los días fui feliz como lo soy hoy, pero cada momento de reflexión valió la pena. 

 

Tampoco derramo lágrimas por estos días, a pesar de que mi sensibilidad se ha vuelto un estorbo. Pienso y siento como los demás y llega a ser molesto el entrar en la cabeza de los otros todo el tiempo. Creyendo que sé cómo piensan o sienten, sin la certeza de si se trata de una proyección de mi propia conciencia o una extensión de la suya. 

 

Eso sí, reconozco que los receptores se han amplificado y debido a esto siento más y pienso menos, aún así, hay ocasiones en que la vorágine de pensamientos me envuelve como una espiral de la que no consigo escapar. El logro más importante es que ya puedo reconocer, al menos, cuando estoy siendo víctima de mi propia oscuridad. 

 

Reconozco las amenazas y me abstengo de reaccionar a ellas. Soy propensa a la ira. Cuando su ola choca y se estrella contra mis muros es devuelta a la fuente de donde provino. No me dejo arrastrar por su fuerza, sino que la combato desde la inacción. Recordad siempre: Es más fácil ser malo que bueno. Hay más mérito en abstenerse de una reacción que en devolver un golpe. Es más útil controlarse que intentar controlar a los demás. 

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