𝙈𝙞 𝙛𝙚́

 


Una página en blanco. Un horizonte de nubes negras. La punta del lápiz que se quiebra al ser apoyada en el papel. El sonido siniestro del primer rayo antes de iniciar la tormenta. Señales provenientes del mundo invisible al que algunos nombran “el más allá” y que se ven reflejadas a menudo en la materia que nos rodea, como un eco de esa primera voz que aclamó la intervención divina. 

 

Cada suceso material de relevante importancia guarda un fundamento espiritual, que de manera natural ha sido elegido antes de nacer. Cada causa arrastra un efecto, a veces temporal, otras irreversible. 

 

Son los juicios el más innato de los rasgos otorgados a nuestra especie. Abrimos los ojos cada mañana y aunque lo ignoramos, nos sentimos encadenados a la misma montaña, como Prometeo. Juzgamos antes de pensar. Juzgamos desde antes de nacer. Juzgamos todo y a todos. Juzgamos por juzgar, porque es más sencillo construir juicios nuevos que atiendan a nuestras creencias, que mirar a la realidad y entenderla y aceptarla. 

 

Una punta de lápiz quebrada, para un creyente, reprensenta únicamente el compromiso de encontrar con que afinarla por segunda vez; el paso de la tormenta, que el anhelado fin a las amenazas está cerca, porque sólo desafiándola el cielo vendrá a nosotros otra vez despejado. 

 

Se trata de implorar sabiduría sin reclamos, obedeciendo a las leyes supremas que rigen a la perfección y que nos conducen a ella, porque es imposible desandar un camino andado. 

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